Batraciofagia
El término fue acuñado por la revista de humor corrosivo y político “Barcelona”, en referencia al “progresismo” oficialista y su estilo de construir poder tragándose sapos de todo tipo. De hecho, la tapa estaba ilustrada con un fotomontaje donde se podía ver a uno de estos anfibios, de generosas dimensiones, con la cara del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Sciloli.
Ahora bien, y haciendo honor a la verdad, debemos señalar que la “batraciofagia” hoy ostenta una transversalidad absoluta. Nadie, de todo el abanico político-ideológico en nuestro país, tiene autoridad moral para arrojar la primera piedra y acusar a nadie de haberse tapado la nariz, alguna vez, para la indeseada ingestión. La gran mayoría lo ha hecho.
La pregunta del millón: ¿Es absolutamente necesario e inevitable, en la construcción de poder político, tener que soportar en paladar y estomago, la desagradable viscosidad de los batracios? Quien suscribe opina que no. En todo caso lo que ocurre es que, de otra manera, el camino hacia el liderazgo se torna mucho más dificultoso y la tentación de “cortar camino” es muy grande. Es así que nuestra dirigencia, vieja o nueva, de izquierda o derecha, se auto convence de que los “amontonamientos de conveniencia coyuntural” (Mas conocidos como “alianzas estratégicas”) son el mal necesario, ineludible; y se abandonan a la practica de esta peculiar y difundida forma de tejer poder, cual niño que se toma un horrible jarabe con la esperanza de un futuro alivio a sus malestares.
Abundan los ejemplos. Tal vez uno de los mas significativos sea el del oficialismo local donde, la hasta hace unos meses impensada alianza Schavoni-Allende, sorprendió a propios y extraños. Una consecuencia directa ha sido el re-lanzamiento en solitario de Maximiliano Navarro, al negarse a retirar su pre-candidatura a intendente. Inteligentemente, Navarro ha exprimido al máximo su supuesto lugar de víctima en todo este asunto. Digo supuesto porque justamente él, que creció políticamente de la mano del diputado y titular de UPCN a nivel provincial, no puede actuar ahora como la quinceañera despechada por la actitud de su ¿ex? líder político que, como el escorpión, solo respondió a su naturaleza. Además, como todos sabemos, después del 14 de agosto, gane quien gane, vendrán las reconciliaciones y volverán los abrazos.
¿Cuántos dirigentes y militantes del schavonismo y el allendismo, que hasta hace 15 minutos despotricaban en contra de las huestes del otro sector, ahora deben disimular la nausea y el atracón?
Quiero dejar en claro que elegí este ejemplo porque, como dije, es el más significativo y porque creo que del oficialismo saldrá el próximo intendente de la ciudad de Nagoyá. Espero que la paranoia pre-electoral no afecte a nadie por mi elección.
También quedó dicho que la “batraciofagia” atraviesa a todo el espectro político de nuestro país. Yo iría un poco más allá: Como votantes también solemos practicarla. Esta vez el ejemplo es en primera persona: Yo mismo, en un arrebato rabiosamente anti-menemista, en el años 1999, sin ser radical y con el estómago revuelto, voté por Fernando De La Rúa. Yo también he probado el sabor amargo de tragar un sapo y así me fue…Lección aprendida.
Una vez, un amigo socialista, mas precisamente del PSP (Aclaro porque, ideológicamente, el socialismo encierra a muchos otros partidos y vertientes aunque, prácticamente, sean ignorados, y muchas veces ninguneados), harto de que su partido vaya como furgón de cola del radicalismo en las elecciones, me dijo: “Yo quiero que nos presentemos solos, como PSP, aunque tengamos que perder…” Muchos me dirán que para llegar al poder hay que ganar elecciones, lo cual es una obviedad por donde se la mire en un sistema democrático. Lo que trato de cuestionar es esa máxima del pragmatismo que rige en el escenario político actual: “El fin justifica los medios”.
Para los que puedan estar pensando que lo que planteo es imposible o utópico, más allá de que no le veo nada de malo a perseguir una utopía, les recuerdo que Salvador Allende fue 4 veces candidato a presidente de Chile. La primera oportunidad fue en 1952 y, aunque él sabía que no ganaría, recorrió el país llevando sus ideas y propuestas a todos los rincones de esa alargada geografía. Pasarían 18 años para que pudiera llegar al Palacio de La Moneda. También tejió alianzas para acceder al cargo, pero lo hizo con marxistas, social demócratas y demócratas cristianos.
Hace algunos días se determino definitivamente que Salvador Allende se suicidó aquel 11 de septiembre de 1973 antes de ser derrocado por el dantesco golpe de Estado encabezado por Augusto Pinochet. Decidió no tragarse ningún sapo para acceder a la presidencia y lo logró. Decidió que solo muerto lo sacarían del cargo que se ganó en elecciones democráticas, con toda la poderosa derecha y la CIA en contra, y lo cumplió…
Hace falta un temple muy especial de persona para elegir el camino más largo y trabajoso. Suponiendo que a alguno le interese: ¿Cuantos de nuestros dirigentes, nuevos o viejos, de derecha o izquierda, estarán a la altura del desafío?
Con su voz en off, el cineasta chileno Patricio Guzmán, nos dice desde su documental “Salvador Allende”: “…Su suicidio no fue desesperado ni romántico. Fue un acto realista que nos indica que la política no debe inclinarse ante lo imposible…”
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