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Maquillaje, no sólo un tratado de belleza

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Escrito por Mariana Riffel Jueves, 23 de Abril de 2009 23:26

La belleza en la historia, nos regala perlas, perlas estéticas como estas:

Las mujeres egipcias se maquillaban y desmaquillaban varias veces al día, gracias al “Kosmeticón” un tratado en el que se recogen diversas fórmulas cosméticas.


En 1770, un decreto real prohibía en Inglaterra el uso de cosméticos, llegando al extremo de declarar nulo cualquier matrimonio cuya mujer hubiera recurrido a éstos para disfrazar su rostro.


Salvo excepciones, el sostenido crecimiento del negocio de la cosmética ha legitimado en parte aquella discutible teoría esgrimida por Charles Baudelaire en su Elogio del maquillaje, publicado en 1863: "Todo lo bello y noble es resultado de la razón y el cálculo. Lo que da la naturaleza es horrible".Ya las primitivas civilizaciones asociaron la magia al maquillaje, considerando que ambas disciplinas pueden modificar la realidad. Ese arte de mutar en otra fisonomía fue de una importancia celestial para los hombres de la Antigüedad, seguros de que un aspecto agradable confería el poder de controlar situaciones clave, como seducir al sexo opuesto, asustar al enemigo, conquistar fuerzas y hasta conseguir lugar en el paraíso.


Esa idea perdura hasta nuestros días globales, una buena imagen puede asegurarle al sujeto más pedestre un pasaporte sin escalas al éxito personal. La actualidad aporta pruebas sobre cuánta gravitación tiene en eso el uso del cosmético: mientras esta temporada Occidente lanza polvos volátiles cada vez más translúcidos, los maoríes de Nueva Zelanda persisten en la costumbre ancestral de recargar el semblante con franjas y diseños geométricos.


Los primeros vestigios del uso del maquillaje datan del período magdaleniense, a fines del paleolítico superior, pero sólo en el Egipto de los faraones la cosmética se desarrolló, incluso como artículo de comercio. Investigadores y amantes del espejo, a ellos debemos dos inventos aún vigentes en los escaparates del planeta: el henna o tintura vegetal para el cabello, y el kohol o antimonio, polvito negro para delinear cejas y ojos en forma de pez.


A ninguna dama egipcia le faltaron los básicos del tocador: ungüentos verdes, celestes y azules para el párpado inferior, kohol para dibujar ojos y cejas en forma de pez, polvos de marfil en los pómulos y labiales de carmín o púrpura obtenida de moluscos. Tampoco lunares de tela, disimuladores del problema universal, los granitos. Como permanecían blancas todo el año (no trabajaban fuera de casa), teñían el cuerpo con polvos de color cobre, y remarcaban las venas de las sienes y el busto con tinta azul. Ese tono blanco animó un eterno conflicto con parte del género masculino que aún confunde decencia con encierro doméstico. Rebelde y auténtica víctima de la moda fue Cleopatra. Documentos históricos la describen el día que recibió en su alcoba a Marco Antonio: párpados verdes, pestañas postizas, labios carmín, venas dibujadas a tinta, piel dorada con henna y peluca de crin azul.


Los tratamientos y recetas que dejaron los físicos egipcios marcaron tendencias entre griegos, romanos y persas, que también se sirvieron de plantas combinadas con semillas oleaginosas, grasa y sangre de animales diluidos en químicos para elaborar sus productos. Los tratados científicos publicados en los papiros rescatados por Ebers y Chester Beaty y el Kosmeticón le concedieron al reino egipcio el monopolio de los productos brutos que distribuyeron los fenicios por el mundo. En tiempos de Alejandro Magno, los griegos aprovecharon ese know-how para importar masivamente productos para la manufactura de cosméticos envasados y vendidos por los comerciantes en frascos de cerámica de Corinto. Mientras, las consumidoras locales abusaron del blanqueador de cerusa, un terrorífico compuesto de carbonato de plomo y yeso usado hasta principios del siglo XIX.

 

por Mariana Riffel

 


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